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La genética pareciera ser determinante en la expresión de ciertas preferencias alimentarias y de alimentos que contienen nutrientes específicos. El sabor dulce está presente desde el momento del recién nacido, ya que este sabor representaría evolutivamente lo sano y nutritivo. Hay evidencias en estudios efectuados en ratas de que el sabor dulce estaría determinado genéticamente lo que ha permitido identificar los receptores específicos que codifican para el sabor dulce. Estudios efectuados en bebés recién nacidos que se sometieron a distintos sabores muestran cambios en la expresión de su rostro  ante el sabor dulce desarrollando una expresión de relajación con la succión de este sabor.

Algunas culturas que nunca han consumido azúcar como los esquimales, se adaptan fácilmente a los productos dulces cuando son insertados en otras culturas, mostrando que no es necesario tener contacto precoz con lo dulce para su aceptación. También estudios en bebés muestran como ellos fruncían los labios y escupían los sabores ácidos y amargos y eran capaces de diferenciar el sabor salado ante el cual no mostraban mayor rechazo.

La habilidad para saborear la sal aparece alrededor de los 4 meses y ya a los 24 meses son capaces de saber que alimentos son salados y cuales no. Al parecer la evolución habría permitido una preferencia innata en numerosas especies, salvaguardando con ello las necesidades biológicas para la sal. En el caso de los dulces,  este conjunto de rasgos habrían significado una ventaja en la evolución favoreciendo el consumo de alimentos más calóricos y nutritivos. A su vez el disgusto por el sabor amargo puede entenderse como una forma de evitar aquellos productos que son más venenosos, ya que los venenos tienen un sabor fuerte y amargo que también tendría genes asociados.

También tendría una base genética la tendencia a interesarse por alimentos que entregan sensaciones más intensas, así como la tendencia a una mayor aceptación de los gustos mas ácidos, algo amargos y sabores intensos en la medida que el individuo crece.
Esta mayor aceptación por los sabores dulces explican la mayor facilidad que tienen los niños para consumir preparaciones dulces. Pero cuando esta preferencia por lo dulce no se maneja adecuadamente, las madres pueden favorecer la neofobia (rechazo a probar nuevos alimentos),  privilegiando mucho más los alimentos endulzados, limitando así, la posibilidad de que el niño ingiera otros alimentos y con ello una dieta más variada y balanceada. A la larga si esto se mantiene y dada la mayor densidad energética (kcal/gramos) de estos productos es probable que se favorezca el desarrollo de problemas nutricionales como sobrepeso y obesidad y el desarrollo de caries dentales.

Esta mayor apetencia genética por lo dulce es usada por los grandes fabricantes de alimentos que han desarrollado productos con alto contenido de azúcar que se promocionan en forma especial para niños y que son ampliamente aceptado por ellos, desplazando el consumo de otros alimentos más balanceados y saludables. Muchos alimentos para niños tienen sal en forma innecesaria, que se utiliza como un acentuante del sabor induciendo el consumo de alimentos de alta densidad calórica o ultraprocesados.

El rechazo por los sabores amargos mediado por la genética puede constituir una limitante para el consumo de algunas verduras con sabores más amargos (brocoli, coliflor, espinaca), especialmente en aquellos que son supergustadores, siendo un factor limitante para una dieta variada.

Por ello, el contenido de sal y azúcar en los alimentos procesados no es indiferente en la formación de hábitos alimentarios y en la promoción de una alimentación saludable.