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La leche humana es un fluido vivo que se compone no sólo de nutrientes, sino que contiene numerosos compuestos biológicamente activos que varían según la edad gestacional del niño al momento del parto, al inicio o al final de la mamada, en el día y la noche, dependiendo de la estación del año, adaptándose a las necesidades específicas de cada niño. Éstos juegan un papel importante en los beneficios para la salud asociados con la lactancia materna.

Los estudios en biología molecular han demostrado que los nutrientes, ya sea directamente o a través de una actividad hormonal, son capaces de influir significativamente en la expresión de los genes. Aunque los genes son críticos en la determinación de numerosas funciones, la nutrición modifica el grado en que éstos se expresan y con ello modula el potencial genético que trae cada individuo. La evidencia acumulada muestra que la programación genética es un factor importante en el desarrollo del sistema inmune y que diferentes eventos o una exposición específica durante el embarazo puede modificar su expresión a través de mecanismos epigenéticos y de ese modo determinar la funcionalidad del sistema inmune. Por lo tanto, la nutrición y los genes parecen relacionarse mutuamente. (la epigénetica se refiere a procesos que generan cambios heredables en la expresión de los genes pero sin alterar la secuencia del gen).

Tanto una nutrición deficiente como una “sobre-nutrición” puede regular la expresión de genes implicados en el metabolismo de lípidos y carbohidratos. Un ejemplo de ello es la mayor prevalencia de enfermedades crónicas no transmisibles evidenciada en adultos que fueron hijos de madres que sufrieron la hambruna durante la Segunda Guerra Mundial. También la nutrición en el período post-natal temprano puede determinar la salud del adulto por el impacto que ésta tiene en el desarrollo y la función de la microbiota intestinal (gérmenes que viven en el intestino). Una composición inadecuada de esta microbiota y su función en la vida temprana parecen explicar la programación y la desviación de la inmunidad a posteriori, así como el estado de salud en general.

Los niños alimentados con leche materna exclusiva muestran no solo mejores parámetros en relación a crecimiento, sino que también beneficios neurológicos, describiéndose además un efecto preventivo en el desarrollo de algunas enfermedades crónicas no transmisibles. Estos beneficios se explicarían no solo por sus componentes nutricionales, sino que pueden ser explicados la epigenética, influyendo de este modo en la prevención de enfermedades en forma directa o a través de la microbiota intestinal (gérmenes intestinales) modulando o regulando la expresión genética asociada con la liberación de citoquinas u otros mediadores.

El riesgo de desarrollar obesidad depende de la interacción entre el genotipo y los estilos de vida individuales, así como, del medio ambiente, la nutrición durante la vida fetal y en las primeras edades de la vida. La regulación epigenética de genes específicos también puede llegar a ser crucial para determinar el riesgo individual para la obesidad. Algunos estudios muestran que la lactancia materna tendría un efecto beneficioso sobre el riesgo de obesidad en etapa adulta en algunos grupos predispuestos genéticamente y que ésta puede tener un efecto epigenético asociado a la adiposidad. Algunos factores que se expresan en los adipocitos (células grasas) determinan la diferenciación del adipocito, la sensibilidad a la insulina y el metabolismo de las lipoproteínas, sin embargo, estos pueden no expresarse adecuadamente en algunas variantes genéticas (polimorfismos) generando en adolescentes portadores de estos polimorfismos un mayor índice de masa corporal, índice de cintura cadera y riesgo de obesidad cuando no han sido amamantados, sugiriendo el efecto beneficioso de la leche materna en grupos predispuestos a la obesidad.

Por otra parte, los recién nacidos prematuros que reciben leche materna muestran una menor frecuencia de enterocolitis necrotizante (EC) en relación a los alimentados con fórmulas. La enterocolitis corresponde a una enfermedad inflamatoria intestinal grave que se produce por una respuesta inflamatoria excesiva e inapropiada de la inmunidad innata por el intestino inmaduro. Una explicación del beneficio de la leche materna sería su contenido de inmunoglobulina A (IgA), así como, de proteínas anti-inflamatorias. La leche materna influiría además en la composición de la microbiota intestinal por su alto contenido de oligosacáridos no digeribles (8% de calorías totales). Éstos funcionan como prebióticos, proporcionando una base para producir a nivel intestinal ácidos grasos de cadena corta. Éstos ácidos grasos son determinantes en la proliferación de bacterias beneficiosas tales como Bífidobacterias y Lactobacillus. Se ha observado en algunos estudios que el número de colonias de Bífidobacterias que induce la leche materna en el intestino programaría el nivel de IgA secretoria intestinal, favoreciendo de este modo la existencia de algunos factores antiinflamatorios.

También se ha descrito en estudios desarrollados animales que la lactoferrina contenida en la leche materna (una proteína que liga al hierro) interactuaría con el ADN en forma extracelular, siendo introducido a la célula, inhibiendo algunos genes y permitiendo la activación de otros, estimulando de esta manera, un importante mecanismo para la regulación de genes relacionados con la inmunidad que se desarrolla en los folículos linfoides del intestino infantil.

En resumen, la evidencia sugiere que existiría una relación directa de algunos componentes de la leche materna con cambios epigenéticos, sin embargo, estos mecanismos no están totalmente esclarecidos. La epigenética y la lactancia materna es un campo de investigación abierto considerando su influencia en numerosas enfermedades que se desarrollan en etapas posteriores de la vida. La leche materna es el mejor alimento para el niño en forma exclusiva durante los primeros seis meses de vida y complementada con otros alimentos desde esa edad, pudiendo mantenerse hasta los dos años como lo recomienda la Organización de la Salud OMS).

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